“Cómo detectar a un mediocre: por su gusto por lo extraordinario. Le gusta todo cuanto más embrollado mejor: lo centelleante, lo atronador, ese horror indefinido que es lo premium, lo VIP, lo in-your-face, el «ya que pago, que se note». Lo discreto le aburre, la rutina le desespera. No ve nada; ni el milagro de la fuente en la calle, ni la dignidad cívica del buzón de correos, ni la tentación del pico de pan.”
Hay algo interesantísimo en meter la idea anterior del libro Agua y Jabón de Marta D. Riezu, dentro del momento estético actual porque, en el fondo, muchas de las tendencias que están explotando ahora viven precisamente en esa tensión entre el exceso performativo y la búsqueda desesperada de identidad.
Navegamos en una era donde parece obligatorio «verse temático», y no hablo de protocolo, sino de rozar constantemente el disfraz.
Si lo extrapolamos al presente social, el concierto de Bad Bunny pide que en tu armario suene Caribe dosmilero, y vuelvas al archivo de Tumblr de 2014 en redes sociales. También lo hemos vivido con Coachella, resucitando el boho edición tras edición, mirando el verano a través de unas gafas de Chloé. Paralelamente, el tiro bajo, el ozempic -y un democrático casting de Victoria Secret- ponen a prueba la estabilidad emocional colectiva sobre el body positive.
Amiga, pero no te confundas, el problema no es que existan tendencias -eso es un fenómeno natural resultado del capitalismo-, el problema es que cada tendencia ahora parece exigir una transformación completa de personalidad.
La gente ya no «lleva una prenda que está de moda», siente que tiene que convertirse temporalmente en el personaje que esa tendencia propone.
La moda siempre ha tenido un qué performativo, que también está ligado al fenómeno fan, claro. Asimismo, internet ha acelerado muchísimo esa necesidad de pertenecer visualmente al momento. Antes podías ir a un festival simplemente vestida «como tú», en un sitio que exige unas prendas por momento, protocolo y por diversión. Ahora, parece existir cierta presión de demostrar que entiendes la referencia cultural exacta, aunque estemos hablando de un concierto de Justin Bieber.
Esto termina generando cansancio, porque a nivel social, hay generaciones que inconscientemente ya no disfrutan del momento, sino que en la mayoría lo performan.
Pero, ¿en qué consiste el estilo propio?
Buscar estilo personal y perseguir tendencias son cosas completamente distintas, aunque TikTok las mezcle constantemente. El estilo suele construirse desde la repetición, las prendas que vuelves a elegir aunque cambie la temporada, las siluetas donde te reconoces, los colores que eliges automáticamente.
Las tendencias, en cambio, funcionan como pequeñas identidades de alquiler, que por su alta repetición en tu entorno, sueles querer, pero por consecuencia de su repetición, posteriormente aborrecer.
Por eso ahora mismo hay tanta gente perdida con la ropa, no porque falten opciones, sino porque sobran personajes. Boho chic, clean girl, indie sleaze, office siren… si esto lo leyera mi abuela le gritaría a la industria ¡¿qué significan?!
La moda actual funciona casi como un casting infinito de versiones de una misma persona, con el objetivo de convertir la moda rápida en los 100 metros lisos de la industria.
Eso no significa que haya que ignorar las tendencias, de hecho pueden llegar a ser divertidísimas. El problema aparece cuando las interpretamos como instrucciones cerradas.
La clave está en traducir las tendencias al idioma de tu armario, no al contrario, porque en cuanto pase de moda también caducará – y aborrecerás – tu identidad.

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