Hubo un momento en el que Coachella no era un plató de fotografía, sino un festival. Coachella nació a finales de los 90’s como un encuentro musical en el desierto de California, un espacio donde la música importaba más que el look. De hecho, Coachella nació como la respuesta a un modelo de ir de concierto, que no buscaba – y de hecho repudiaba – la inflación desmedida de precios impuesta por Ticketmaster. Y aunque los asistentes también pensaban sus “looks de Coachella”, lo hacían desde el punto de vista de la comodidad. Nadie pensaba en contenido, y, desde luego, nadie planificaba un carrusel de Instagram antes de salir del hotel – principalmente, porque los posts no existían-.
¿Cuándo se convirtió en una estética?
El punto de inflexión llegó mucho antes de que lo llamáramos “contenido”, o de que las marcas vieran su conversión en el mismo. Llegó con esa generación de celebrities que, de forma natural, sentenciaban tendencias para el verano de ese año. Vanessa Hudgens se convirtió en la cara visible de una estética – flores en el pelo, crochet, botas cowboy – que parecía improvisada -bueno improvisada, lo mismo que puedes improvisar un look para una fiesta de fin de semana-. Sin tener la necesidad de anunciar estar «meses trabajando en ello», ni sentirse disfrazada. A su alrededor, nombres como Sienna Miller, Rosie Huntington-Whiteley o Alessandra Ambrosio consolidaban ese boho chic que hoy seguimos rescatando.

Pero la monetización de las redes sociales ha convertido lo que entonces parecía espontáneo, en estrategia.
Las redes sociales han hecho el resto entendiendo que el desierto no era solo un lugar, sino que era un escaparate global. Y empezaron a invitar – léase, vestir – a influencers que, más que asistir a un festival, protagonizan una campaña en tiempo real. La pregunta es inevitable, ellas ¿realmente dictan tendencia o imitan con nostalgia esas tendencias?
El boho chic ha vuelto -otra vez- como antónimo y vía de escape a la viralidad sobria del estilo de Carolyn Bessette. Nos lo confirma la última colección de Chloé, el revival constante en redes de un Ralph Lauren vintage y la identidad inmutable de Isabel Marant. Prendas que gritan vapor, frescura y -supongo- que libertad en un mundo con la tensión global en incremento.

Pero, ¿hasta qué punto se visten y hasta qué punto se disfrazan ?
Seamos honestas, muchos de esos perfiles están contractualmente obligados a llevar ciertas prendas, convirtiéndose en escaparates. Por lo que, por contrapartida, juzgar sus looks como si fueran decisiones personales es como analizar un anuncio esperando verdad absoluta.
Y las que sí eligen, tampoco lo hacen en vacío. Existe otra presión, más sutil pero igual de potente, la de cumplir con la expectativa de un público que no tiene ni idea lo que está juzgando. La de ser exactamente lo que sus seguidores esperan. Algunas lo llevan con naturalidad, mientras otras, no tanto.
Eso sí, no justifiquemos ni perdamos la perspectiva, que tu presión laboral sea elegir look en Coachella sigue siendo, en esencia, un privilegio.
Entonces, ¿por qué nos importa tanto?
Coachella es un pistoletazo simbólico al fin del frío. Aunque estemos en primavera, mentalmente empieza el verano. A través del festival empezamos a imaginar quién seremos en julio, qué nos pondremos en un tardeo, y nos traslada a una versión altamente mejorada de nuestra rutina.
Por el mismo motivo, también nos decepciona, porque vemos demasiada producción. Es curioso, pero las celebrities vestían más «cercanas» y se percibían «más accesibles», que los looks que llevan las influencers. Donde antes todo se diluía en tener ganas de pasárselo bien, ahora hay mucho -pero mucho- branding. Y sobretodo, donde antes había estilo genuino, ahora hay estilismo.
Supongo que la aspiracionalidad, como casi todo, se nos ha ido un poco de las manos.
Pero, en pleno comeback viral de 2016, ¿por qué hay tan pocos rescatando esa esencia natural?
En plena obsesión por volver a 2016, hay algo que no termina de encajar. Revisitamos la década, la citamos, la convertimos en referencia viral, colgamos la identidad que teníamos en esa época, la veneramos, pedimos que vuelva… pero evitamos su estética más reconocible, casi, ¿como si nos diera pudor?.

¿Dónde están las coronas de flores, el eyeliner, y el caos tumblr que se convirtió en el uniforme de Coachella? La respuesta habla más de nosotros como sociedad, que del contenido de una maleta. Hoy todo pasa por un filtro de validación hasta el milímetro. Recuperar ese look implicaría aceptar cierto descontrol, e ingenuidad visual que no compensan el riesgo de parecer pasadas de moda. Adoramos la nostalgia natural, pero siempre y cuando esté aprobada por el algoritmo de Instagram.
