Si Cristóbal Balenciaga levantara la cabeza nos sentenciaría que, a nivel social, nos lo hemos buscado. La inteligencia artificial ya genera rostros que no existen, campañas nunca rodadas y prendas que parecen más reales que la original. Estamos tan acostumbrados a ver imágenes fabricadas que a veces cuesta distinguir qué es auténtico y qué es un render. Como si estuviéramos en una Matrix del eCommerce, llenos de logos y falsificaciones, pero donde nada tiene historia.
En este contexto, la falsificación deja de ser solo un bolso mal cosido. Se convierte en síntoma de una sociedad que se ha preocupado más por aparentar tener dinero, que por tener dinero.
Paralelamente, a otro sector de la sociedad, le deleita lo que ya no se fabrica. Se obsesiona y puja por esa pieza que no está en tendencia, precisamente porque no está en tendencia. De hecho, ahora es tendencia comprar lo que no es tendencia -aunque automáticamente eso lo convierte en tendencia, ¿no?-.
Por distintos motivos, el primero porque así el vecino no puede copiarla por 300 € menos en una web adictivamente luminosa. El segundo, porque en su conciencia yace esa pequeña satisfacción moral de que «lo suyo es real».
Pero entonces, ¿por qué en plena era del fast fashion seguimos consumiendo falsificaciones?
El patrón del bolso que anhelas ya ha sido reinterpretado -por suerte o por desgracia- en el mass market. Sin logo, por cuestiones legales, pero con una silueta sospechosamente familiar. Si lo que te gusta de la pieza es su patrón, su tonalidad, y la funcionalidad… ¿por qué pasas horas buscando una versión falsa en la parte del eCommerce que más plástico utiliza por metro cuadrado? ¿No será porque en realidad quieres abanderarte de un logo?
¿Por qué compras unas Adidas o un Longchamp falsos si su calidad es inferior a la reinterpretación sin logo que encuentras en cualquier cadena?
Aquí toca incomodarse un poco. Porque no va solo de moda, va de sociología. Va de querer aparentar llevar una pieza que no puedes permitirte. Como pasó con el rock de Zadig & Voltaire, colgado – literalmente en la soga del capitalismo y el desprestigio, como le pasó a Gucci – en mercadillos de Majadahonda por 15 euros, replicado hasta el infinito, y reinterpretados en versiones flúor que parecían ediciones especiales, porque que sepamos, esas tonalidades en ninguna pasarela habían salido a la luz.
Lo que tenemos claro es que el deseo no era la piel -que muy probablemente ni lo fuera-, era el símbolo.
La autenticidad vive tiempos de simulacro
Cuando Jonathan Anderson entró en Loewe, la industria entera estaba expectante. Su bolso Puzzle no fue solo un accesorio, fue un manifiesto geométrico. Artesanía, estructura, modernidad. Hoy, ese mismo bolso puede encontrarse replicado en mil versiones en bazares físicos y digitales. ¿Qué creador sueña con ver su pieza convertida en un archivo .jpg descargado y cosido sin contexto?
Pero amigas, la falsificación no es nueva, el ser humano desde que ha podido hacer trampas las ha hecho -y sino que se lo digan a nuestros políticos-. En el siglo XIX ya se copiaban perfumes franceses en talleres clandestinos. La diferencia es el acceso a la réplica, y que esta viaja a la velocidad del algoritmo.
La esperanza es lo último que se pierde, y por ello, existen alternativas.
Vintage que cuentan con un seguro de verificado, talleres de restauración, y segunda mano de calidad. La moda circular que no cruza medio planeta ni depende de una mano de obra que es igual de dudosa que el producto que te llega. Sentirte satisfecho por comprar mejor, no más. Comprar con criterio, no con ansiedad.
Porque cuando Grecas dice “quien es rico de verdad en la ropa no lleva logos”, no anda desencaminado. La logomanía fue el gran cartel luminoso de la década pasada, donde ser pancarta publicitaria era un must. Hoy, el verdadero lujo es no necesitar demostrar nada, y que cuando te pregunten de dónde son tus gafas, no tengas que mentir para aparentar.
Quizá el problema no sea la falsificación, sino que en esta Matrix de píxeles y promesas, hemos olvidado que el valor no está en el logo, sino en la historia que lo sostiene.
Y esa, por ahora, la IA todavía no la puede coser.
